Necesitaba tener a Chelsea & Scott, de «Yo te vi primero», al alcance de mi mano, y con esta ilustración lo he conseguido.Aquí los tenéis. A ellos. A Chelsea & Scott.

Me encantan las ilustraciones, y quién me conozca lo sabe. No hay más que ver mis primeras cubiertas. Me gusta plasmar en un dibujo cómo son, qué especto tienen. Ver cómo miran. Imaginármelos como si fueran de carne y hueso, así que no podía dejar pasar esta oportunidad. Necesitaba tener a Chelsea & Scott, de «Yo te vi primero», al alcance de mi mano, y con esta ilustración lo he conseguido.

Necesitaba tener a Chelsea & Scott, de «Yo te vi primero»,

Ese primer encuentro, cuando se ven en la biblioteca. Antes de que la cosa cambie y todo estalle por los aires. Ella, estudiando para que último examen antes de las Navidades:

«Saludo con un gesto de la mano a la señora Morris, la bibliotecaria, cuando paso por su lado, y voy hasta la mesa de la esquina, esa que está al lado de la sección de anatomía. Al llegar, me paro en seco; no está vacía.

Un chico alto, moreno y con unos auriculares blancos sobre las orejas la está ocupando. Está mordisqueando un bolígrafo y tiene lo que parece ser un libro entre las manos. Debe de ser muy interesante, porque no aparta la vista de sus páginas. Ni siquiera cuando muevo la silla para poder sentarme.

Si quiero soledad debería marcharme a otra mesa, pero no quiero. Me gusta esta y su presencia no me molesta. O no debería.

No me hace falta verle la cara para saber quién es, y eso es porque todo el mundo conoce a Scott Hamilton. El arisco, borde y hosco antiguo capitán del equipo de hockey de la universidad. Doy un respingo cuando levanta la cabeza de golpe y me pilla observándolo. Le ordeno a mi cerebro que aparte la mirada, pues es de muy mala educación quedarte mirando a la gente tan fijamente. Pero ha debido irse de vacaciones, porque mi cabeza se queda donde está, al igual que mis ojos.

Scott suelta el libro, lo cierra de golpe, se recuesta sobre la silla y se cruza de brazos. ¿Lleva manga corta? Este tío está como una puñetera cabra. ¿No ha visto la nieve que hay fuera? Se quita los cascos con una mano y los deja colgando del cuello, por el que asoma tinta negra. Ladea apenas la cabeza hacia la derecha y me brinda una de esas sonrisas marca de la casa. Esa por la que es tan famoso.

—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? ¿Estudiando hasta el último minuto? Sabes que eso no sirve para nada, ¿verdad? —Me encantaría hacerle tragar el bolígrafo que tiene entre los dientes—. Oh, vamos, prima, ¿no vas a saludarme? Te tenía por una chica más educada. Me obligo a no entrar en su juego, pero fallo estrepitosamente.
No tengo ni idea de qué le pasa a este chico conmigo, pero parece que uno de sus hobbies favoritos es sacarme de quicio. Y no sé por qué, porque no le he hecho nada.
Alzo la barbilla y lo fulmino con la mirada.
—No me llames prima.
Se lleva una mano al corazón, como si estuviese ofendido, mientras me mira con los ojos abiertos de par en par.
—¿Por qué? Se supone que somos familia, ¿no? —pregunta en un engañoso tono amable. Pongo los ojos en blanco y decido no contestarle».

A partir de ahora, llevaré esta ilustración conmigo en ferias, firmas presentaciones… y os la regalaré en agradecimiento por todo el amor que le habéis dado desde que llegaron a vuestros manos hace un año.

Gracias.